
La ópera rock que Luis Alberto Spinetta soñó con Almendra y que terminó precipitando la separación de la banda
Inspirado por The Who, el ambicioso proyecto de Spinetta nunca llegó al escenario y dejó una huella en el rock argentino.
A comienzos de 1970, cuando Almendra empezaba a comprobar hasta dónde podía llegar el impacto de su música, Luis Alberto Spinetta imaginó una obra que desbordaba los límites habituales de una banda de rock. Fascinado por las posibilidades narrativas y musicales de Tommy, el disco doble de The Who, el músico quiso desarrollar una ópera rock propia, con una historia, personajes y composiciones conectadas entre sí. El proyecto pretendía convertirse en una experiencia artística integral, pero las dificultades para concretarlo terminaron profundizando las diferencias internas y acompañaron el final de uno de los grupos fundacionales del rock argentino.
La idea revelaba una ambición que iba mucho más allá de sumar canciones a un espectáculo. Spinetta quería construir un universo narrativo y musical que dialogara con la realidad de la juventud argentina, con sus inquietudes, contradicciones y deseos de transformación. El rock comenzaba a consolidarse como una expresión cultural propia y el líder de Almendra buscaba llevarlo hacia un terreno en el que la música, la poesía y el relato fueran partes inseparables de una misma obra.
El proyecto fue conocido como Señor de las latas, mientras que el personaje central de Spinetta era el Mago de Agua. La propuesta contemplaba dos actos y alrededor de quince canciones. En el relato aparecían figuras inspiradas en protagonistas de la escena musical de aquellos años, entre ellos Litto Nebbia, Moris, Tanguito, Javier Martínez y Miguel Abuelo. La intención era representar, a través de símbolos y situaciones imaginarias, el movimiento cultural que estaba naciendo alrededor del rock nacional.
El punto de partida fue Tommy, la obra publicada por The Who en 1969. Concebida como una narración musical alrededor de un personaje y sus experiencias, aquella producción había demostrado que un disco de rock podía funcionar como una historia completa. Pete Townshend, principal impulsor creativo de la banda británica, había llevado la composición más allá de la sucesión convencional de temas y había abierto una posibilidad que despertó el interés de músicos de distintos países.

Spinetta encontró allí un estímulo para imaginar una versión propia, aunque no se trataba de reproducir el modelo inglés. Su intención era trasladar esa ambición al lenguaje que Almendra venía construyendo: una combinación de sensibilidad poética, melodías personales, arreglos sofisticados y una mirada singular sobre el mundo.
Para comprender la magnitud del desafío hay que regresar al momento que atravesaba la banda. Almendra había publicado su primer álbum a fines de 1969, con canciones como “Muchacha (ojos de papel)”, “Plegaria para un niño dormido”, “Ana no duerme” y “A estos hombres tristes”. El disco estableció una identidad diferente dentro de una escena que todavía estaba definiendo sus códigos. Las letras escapaban de los tópicos más previsibles del rock y las composiciones mostraban una búsqueda artística que no dependía exclusivamente de la energía eléctrica o de los modelos anglosajones.
La formación integrada por Spinetta, Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García había conseguido construir un lenguaje propio. Sin embargo, el reconocimiento también trajo nuevas exigencias. Los integrantes tenían intereses musicales particulares, las responsabilidades profesionales aumentaban y sostener la disciplina necesaria para una producción de semejante complejidad resultaba cada vez más difícil.
Los ensayos de la ópera comenzaron durante los primeros meses de 1970. El plan requería una preparación minuciosa: había que ensamblar las composiciones, revisar los textos, organizar la estructura dramática y resolver cómo llevar la historia al escenario. La obra estaba pensada para durar aproximadamente una hora y media, una dimensión extraordinaria para una banda argentina de aquella época.
Pero el entusiasmo inicial chocó con los problemas cotidianos. Los ensayos no avanzaron al ritmo esperado y el grupo no consiguió completar la preparación de los dos actos. Las diferencias sobre el rumbo musical y las dificultades para mantener un compromiso común fueron desgastando una relación que ya atravesaba tensiones.

El proyecto nunca llegó a estrenarse y tampoco quedó un registro completo que permitiera reconstruirlo tal como había sido concebido. Su frustración se convirtió en uno de los factores asociados a la separación de Almendra en 1970, aunque no fue la única causa: detrás de la ruptura también había diferencias personales, creativas y profesionales que excedían a la ópera.
La disolución no significó el final de las ideas que habían surgido durante aquel proceso. Algunas composiciones vinculadas con la obra encontraron nuevos destinos en el recorrido posterior de Spinetta. “Obertura” apareció en Almendra II, el álbum doble que la banda publicó a fines de 1970. Más adelante, “Canción para los días de la vida” y “Ella también” formarían parte de distintos momentos de su carrera solista.
Esas canciones permiten dimensionar lo que quedó de aquella experiencia. Aunque la ópera no sobrevivió como obra completa, parte de su material continuó circulando, transformándose y encontrando otros sentidos dentro de una trayectoria que nunca se caracterizó por repetir fórmulas.
Después de Almendra, Spinetta siguió explorando nuevos caminos con Pescado Rabioso, Invisible y otros proyectos que ampliaron las posibilidades expresivas del rock argentino. Cada etapa tuvo una identidad diferente, pero la búsqueda de nuevas estructuras musicales y de una relación profunda entre poesía y sonido permaneció como uno de sus rasgos centrales.
La historia de Señor de las latas también ayuda a comprender el espíritu de aquellos primeros años. El rock nacional todavía estaba construyendo su lenguaje, sus escenarios y sus formas de producción. En ese contexto, intentar montar una ópera rock de semejante duración implicaba asumir riesgos artísticos y organizativos para los que la industria local aún no estaba preparada.
Más de medio siglo después, el proyecto conserva el atractivo de las obras que no pudieron realizarse. Su importancia no depende de un estreno ni de un disco perdido que algún día pueda aparecer, sino de la ambición que lo impulsó y de las canciones que sobrevivieron a su fracaso. Spinetta imaginó una obra capaz de reunir música, poesía y relato en una sola experiencia. Almendra no logró llevarla hasta el final, pero aquella búsqueda dejó al descubierto una de las características más persistentes del Flaco: la necesidad de avanzar hacia territorios desconocidos, incluso cuando el camino ponía en riesgo lo que ya había construido.
A veces, los proyectos inconclusos también forman parte de la historia de una banda. En este caso, la ópera que nunca llegó al escenario quedó asociada al final de Almendra, pero también al comienzo de nuevas exploraciones que seguirían transformando el rock argentino.